¿De dónde vienen los nombres de los metales y piedras preciosas?

Si hace unos días os hablábamos sobre por qué en algunos países el dinero se llama ‘plata’, o qué significan el ‘carat’ y el ‘quilate’ cuando hablamos de diamantes… hoy queremos ir un poco más allá. Hoy hablaremos del origen de los términos con los que nos referimos a los metales y piedras preciosas más utilizadas en joyería. Nombres que son objeto de constante debate entre lingüistas y estudiosos de la terminología.

El Oro

Este metal precioso tan utilizado en la joyería es un elemento químico con número atómico 79, catalogado en el grupo 11 de la tabla periódica –junto a la plata y el cobre- y su símbolo es Au. ¿Por qué? Porque se trata de la abreviación de Aurum, que en latín significa brillante o resplandeciente. De hecho, en según qué escritos, la palabra también podía significar ‘amanecer’ en su traducción castellana (de ahí proviene, de hecho, la palabra ‘aurora’). Así que no es de extrañar que para referirse al brillante metal, se utilizase el mismo término.

Su uso ha evolucionado de la pronunciación ‘aurum’ a ‘oro’, pero encontramos pistas clave de su origen en múltiples expresiones latinas como Non omne quod nitet aurum est, popularmente conocida como “No es oro todo lo que reluce”.

La plata

El origen del nombre de la plata está menos claro que el del oro porque, al contrario que este, su nombre no proviene directamente de su símbolo en la tabla periódica: Ag, del latín Argentum.

Aunque pervive el término argento, no se utiliza comúnmente. El empleo del metal para hacer vajillas y monedas devino en su definición por el mote vulgar latino plattus, que venía a referirse a algo plano. Este provenía a su vez del término griego πλατύς, que se empleaba para definir algo ancho y uniforme. De ahí que hoy nos refiramos al metal como plata y no como argento.

El diamante

Como ya te contamos aquí, el diamante es la segunda forma más estable de carbono, después del grafito, y eso significa que hace gala de unas particularidades físicas únicas: tiene la más alta dureza y conductividad térmica de todos los materiales conocidos por el ser humano.

Bien parecían saberlo los griegos que llamaban al mineral ἀδάμας, pronunciado adámas, que significaba invencible o inalterable. El latín adoptó el nombre adamas, que también se refería al acero. Con el tiempo evolucionó en su uso popular hasta convertirse en diamas-diamantis, un término en el que muchos aprecian el prefijo di- que puede significar también ‘origen’.

La esmeralda

El nombre femenino de Esmeralda tiene diferentes representaciones en culturas latinoamericanas y podía significar tanto “la que tiene esperanza” como “la que irradia pureza”. Ambas, inevitablemente, aluden al nombre de la piedra preciosa tan valorada en joyería por su rareza y color.

Lo cierto es que la palabra en castellano viene del francés antiguo esmeralde, actualmente émeraude. Y este término, a su vez, venía del latín vulgar smaragdus cuya procedencia no está nada clara. Unos afirman que viene del griego, pero otros expertos aseguran que proviene de una mezcla del sánscrito maraktam y el persa zamarat que significaba “corazón de piedra”.

El rubí

El rubí es un mineral y una gema de color rojizo. Su color se debe a los componentes que la forman: metales de hierro y cromo asociados en esta variedad de corindón (óxido de aluminio Al2O3). Así que la procedencia del nombre viene, realmente, de este mismo color: ruber, en latín, significaba rojo y era fácil referirse al mineral por el color que lo diferenciaba del resto.

Lo curioso del asunto es que el nombre del propio color viene de una variante adjetiva: russus, de la que proviene el italiano rosso y el rojo de castellano. Pero en su origen, esta preciada gema de la joyería no se distinguía del color del que era etimológicamente. Así que, en cierta manera, cuando te ruborizas en realidad “te pones rubí”.

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